Marketing sectorial
Ayer por la mañana fuimos a la playa y hubo un momento en que, tumbado en dirección contraria a la orilla, mirando ociosamente el improvisado aparcamiento que se extiende a lo largo de la línea de costa, me fijé en un individuo que dejaba publicidad en los limpiaparabrisas de los coches allí aparcados. Pero no de cualquier coche. Sólo lo hacía en coches de lujo: BMW, Mercedes, Audi, etc. Abrasado por el sol, rápidamente olvidé esta circunstancia y, más tarde, cuando volvíamos hacia el aparcamiento, no curioseé sobre el contenido de estos anuncios, y lógicamente a mí no me habían colocado ninguno.
Poco después paramos en un pequeño supermercado a comprar unos helados. Aparcamos y nos dirigimos hacia la entrada, donde vemos que hay un mendigo sentado al lado de la puerta. Justo al entrar, sale una clienta del supermercado, deposita unas monedas en el recipiente del mendigo y, alzando un dedo y apuntando en una dirección, le dice: Ahí cerca hay otro supermercado que es más grande y mejor. Hicimos nuestra compra y unos minutos después, al salir, el mendigo había desaparecido.
Miré a lo lejos, con la esperanza de verlo avanzar por la acera, en dirección al otro supermercado, pero no se veía a nadie a través del tráfico, experimentando en ese momento la sensación residual de que la realidad está plagada de estrategias de marketing tan insospechadas como espontáneas.
Y que, si no es por casualidad, normalmente no me entero de nada.
