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Spammers sin complejos
Riada en Jávea

¿Y cuánto dice que cuesta ese regalo gratuito?

Es raro que conteste a encuestas o anuncios de promociones telefónicas. La reacción habitual suele ser un escueto no-gracias y colgar el teléfono con indiferencia. A veces incluso se da que bostezo o estiro los brazos. Pero el otro dí­a rompí­ esta regla. Supongo que fue en un momento en que no iba demasiado mal de tiempo, o quizás era justo después del almuerzo y aprovechaba la pausa digestiva para postergar tareas y olvidarme por un rato de las lí­neas de código.

El caso es que estaba algo distraí­do y permanecí­ a la escucha. Se trataba de una campaña de publicidad de una tal editorial Rueda, y una simpática y acelerada operadora explicaba algo sobre una promoción y que me iban a enviar un fabuloso libro de cocina con tropecientas recetas y sus correspondientes fotos. El jueves se lo llevamos a su domicilio. Y antes de que pudiera abrir la boca, me comenta que es totalmente gratis y no tengo que abonar gastos de enví­o, embalaje ni ningún otro coste exótico. Ta bien, dije, con la mejor entonación homersimpsoniana que pude. Y olvidé el asunto.

El viernes recibí­ la segunda llamada. Otra voz de mujer se presenta como una agente de marketing de la misma editorial. Empieza el discurso pidiendo disculpas por no haber enviado el libro y que me lo remitirí­an a más tardar el lunes. Ahps, contesto, mientras tardo unos instantes en recordar lo del libro, las recetas de cocina y las correspondientes fotos. Pero además me pide si estoy dispuesto a responder a una encuesta sin compromiso de compra y blah, blah… y que serí­a solo un minuto. No sé a qué entramado del espacio-tiempo se referí­a, pero aquí­ en La Tierra fueron unos cinco o seis minutos.

Ta bien, dijo el Homer que llevamos dentro olvidando nuevamente las reglas, mientras la imaginaba pasando el dedo í­ndice sobre un esquema en forma de árbol desplegado en el escritorio. A ver, primero disculpas y reenví­o, segundo lo de la encuesta, el minuto de tiempo medido cerca del horizonte de sucesos de un agujero negro…

El siguiente paso fue decirme que sólo habí­an sido seleccionadas siete personas en mi pueblo. Reprimo la risa y le pregunto sobre los criterios de selección que me han llevado a tal honor. Entonces pasa algo incluso más divertido que atreverse a decirme esa gilipollez. Primero suelta una risita y le sigue un cambio total de entonación que recuerda a la charla de un patio de vecinas. “No lo sé corazón, a mí­ me han pasado esto de la central y te lo digo como viene”. Vale, vale, contesto a duras penas, ya sin poder reprimir el descojone.

Sin esfuerzo aparente recupera su entonación original y continúa. Yo también me preparo y dejo de hurgarme la nariz. Hemos llegado a la encuesta, consistente en nombrar series de tres productos y seleccionar uno. Voy contestando con cierta vagancia, sin nombrarlos, como si verbalizarlos me diera repelús, limitándome a elegir por el orden expuesto: el segundo, el primero, el último, etc. Después de cada respuesta ella repite el nombre de la mercancí­a y se produce un ejercicio onanista donde se celebra cada elección, por casualidad coincidente con los gustos personales de la voz que me habla, además de aclarar que sin coste alguno ya son mí­os. Oh, qué bien, digo yo, enfatizando serio mis palabras con acento de diplomático británico.

Por fin llegamos al final. El ritmo se acelera. Noto su bolí­grafo punteando la esquina de la mesa. Siento el mensaje que vibra por debajo, hilvanado en código sobre la misma frecuencia, animando a que me frote las manos con avidez a pesar de sostener el teléfono. Falta poco para el-momento-de-la-verdad, comprobar si los cinco minutos en referencia al tercer planeta del sistema solar han dado sus frutos. Por desgracia no se trata de manzanas y peras. Me corresponde un reloj -espero que marque horas terrí­colas-, un reproductor de dvd, un tomo de tomo y lomo sobre la historia de no sé qué civilización extinta y una cafetera. En el ambiente flota invisible el nexo que une la extraña coherencia de esta lista, como esos dí­as en que uno siente que va a llover porque empieza a dolerle la espalda. Y con la misma convicción imagino mis regalos aguardando en oscuros almacenes de stocks, quizá ya tiernos de humedad o complementando la dieta de ratas acostumbradas a inorgánicos paquetes de subastas.

Desgrana el resto de argumentos. La hoja del guión se acerca a las últimas bifurcaciones. Hace rato que no le hago caso. Mientras habla me entretengo pulsando el botón randomizer de del.cio.us. Pero estoy atento a la señal. El fin está cerca. Y con este episodio cubro con creces mi cuota anual.

- Todo esto es gratuito para usted y se lo enviamos sin coste alguno a su domicilio. Solo nos tiene que abonar 23,5 euros en concepto de…

- No-gracias.

Click.

Espero que no lo digas en serio
  (no será publicado)



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