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La Ciudad huele

El programador a las tres de la mañana

El peor enemigo de un programador es la concentración que aparece al poco tiempo de haber cenado. Si no estás de acuerdo, pregúntate por qué en ocasiones sigues pulsando teclas a altas horas de la madrugada sin advertir la amenaza de un futuro inmediato dominado por la falta de sueño, posible mal aliento y una progresiva mala leche.

Es sobre todo en el horario nocturno cuando la concentración tiene más similitudes con una droga. Estás relajado frente al teclado, los movimientos cortos y pausados, quizás con la espalda recostada, sin hacer nada más que mariposear entre las carpetas del proyecto que llevas entre manos… Nadie diría que esta primera fase de sospechosa laxitud conduce en realidad a un estado de excitación.

Porque de repente, movido por la ciega convicción de que vas a arreglar el mundo, abres el editor de textos o el entorno de desarrollo de turno y seleccionas el script, clase o módulo que tienes en mente. Y vaya, ahí lo tienes. Justo la rutina que puedes optimizar al máximo haciendo unos ajustes aquí, corrigiendo aquello y moviendo esto para que después vaya lo otro.

Guardas y ejecutas. Oops, un error. Corriges. Guardas y ejecutas. Ahora todo Ok. El intérprete o el compilador se ponen a trabajar para que después de unos cuantos ciclos de procesador compruebes que sí tío, guau, lo has conseguido, ahora esto rula mejor, de aquí a millonario queda un paseo.

En la zona del cerebro encargada de la gratificación inmediata algunas neuronas se ponen tontas. Una sonrisa de autosuficiencia aparece en tus labios, si fumas enciendes un cigarrillo-recompensa exhalando el humo lentamente, y durante unos segundos mantienes los ojos entornados, al estilo de las películas del oeste, como si estuvieras apuntando o desafiando a alguien.

Un observador imparcial diría que en realidad pones cara de gilipollas, relamiéndote frente a la pantalla con tus pequeños universos mentales gestados cuando todos duermen y no hay nadie a tu lado para decirte que, bueno, que no son horas joder.

Pero la noche es joven y un buen programador debería seguir implementando sus patrones y algoritmos incluso cuando sea contraproducente y retrasen la entrega del proyecto. Si crees que has mejorado esa parte del código abstrayendo la lógica de negocio con la técnica del patatín-patatán, ¿por qué no aplicar el mismo mecanismo en otras partes de la aplicación que, oh vaya, de improviso lo piden a gritos? En efecto, casi sería inmoral no hacerlo.

Así que descorchemos el champán, la fiesta acaba de empezar. Da igual que sean las dos y pico de la mañana, nos lo estamos pasando bien y de momento no hay signos visibles de agotamiento.

A la mañana siguiente es más divertido si cabe. Como inducido por algún tipo de efecto vampírico, todo aquello que te parecía apasionante a las tres de la mañana deja de ser atractivo a la luz del día. No te acuerdas muy bien de como era aquello de mejorar la aplicación optimizando no sé qué pollas, y con cierto remordimiento empiezas a cuestionarte qué estuviste haciendo exactamente hasta que te pusiste el pijama.

Después, en tu particular espacio-tiempo, la jornada avanza torpe y pesada, sin hacer ningún efecto los dos cafés, la coca-cola o abrir los ojos del todo.

Si trabajas en casa, el sofá interfiere como una opción recurrente e idealizada, y sabes que no será difícil sucumbir a cualquier excusa que te haga recostarte y cerrar los ojos. Si es en el trabajo, el procedimiento a seguir es que sin darte cuenta vayas arrastrando el culo hacia el borde del asiento, justo hasta que se alcance cierto equilibrio al alcanzar una consoladora horizontalidad en el plano rabadilla/espalda.

Espero que no lo digas en serio
  (no será publicado)



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